Azabache

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—Me llamo Patas Alegres, soy muy bello, llevo a las damitas jóvenes y a veces saco a pasear al ama, con su silla baja. Todos me estiman mucho, lo mismo que James. ¿Vas a vivir en la casilla de al lado?

—Sí —repuse.

—Pues, en tal caso, espero que tengas buen carácter; no me agrada tener de vecino a nadie que muerda.

En ese preciso instante, un caballo asomó su cabeza por encima de la casilla más lejana. Tenía las orejas echadas hacia atrás y una expresión de enojo en la mirada. Era una yegua alta, zaina, de hermoso pescuezo largo, que me miró diciendo:

—De modo que eres tú quien me desalojó de mi casilla… ¿Te parece correcto que un potrillo como tú venga a desalojar a una dama de su propia casa?

—Discúlpame, pero no he desalojado a nadie —objeté—. El hombre que me trajo me puso aquí, sin que yo tuviera ninguna intervención en ello. En cuanto a eso de potrillo, ya he cumplido cuatro años, y soy un caballo adulto. Jamás he discutido con caballo ni yegua alguna, y sólo deseo vivir en paz.

—Bueno, ya veremos —rezongó—. Claro está que no quiero discutir con un jovencito como tú…

Yo no agregué palabra. Por la tarde, cuando la yegua salió, Patas Alegres habló de ella.


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