Azabache
Azabache —Ustedes, que tienen sus propios caballos y coches, o que trabajan para patrones buenos, tienen posibilidad de salir adelante y obrar como se debe; yo, no. Dentro del radio de cuatro kilómetros no podemos cobrar más de seis peniques por kilómetro, después del primero. Esta mañana misma tuve que recorrer más de seis kilómetros por sólo tres chelines. No pude conseguir cliente para la vuelta, y tuve que desandar la mitad del camino; fueron doce kilómetros para el caballo y tres chelines para mí. Después de eso, tuve un viaje de tres kilómetros, y había maletas y cajas de sobra como para ganarme muchos peniques, si las hubieran colocado afuera. Pero ustedes saben cómo es la gente… amontonaron adentro todo lo que cabía sobre el asiento delantero, y pusieron tres pesadas cajas encima. Todo eso sumó seis peniques, y el viaje, un chelín y seis peniques. A la vuelta conseguí otro viaje por un chelín, lo cual hace dieciocho kilómetros para el caballo y seis chelines para mí. A ese caballo le quedan todavía tres chelines por ganar, además de nueve al caballo de la tarde, antes de que yo pueda guardarme un penique. Claro que no siempre me va tan mal, pero ustedes saben que a menudo sí, y yo digo que es una burla decir a un hombre que no debe exigir demasiado de su caballo, pues cuando un animal está realmente agotado, no hay nada que mantenga sus patas en movimiento, salvo el látigo…, es inevitable. Antes que el caballo, están la esposa y los hijos; que piensen en ellos los propietarios, nosotros no podemos. Yo no maltrato a mi caballo por puro gusto, nadie puede decir tal cosa. Algo anda mal en alguna parte… ni un solo día de descanso, ni una hora de tranquilidad con esposa e hijos. Pese a que sólo tengo cuarenta y cinco años, suelo sentirme como un anciano. Ustedes saben con qué rapidez ciertos señorones suelen sospechar que los engañamos y cobramos de más. Con la cartera en la mano, cuentan la tarifa hasta el último penique, sin dejar de mirarnos como si fuéramos carteristas. Ojalá alguno de ellos tuviera que sentarse en mi pescante dieciséis horas por día, y ganarse así la vida además de otros dieciocho chelines, y hacerlo en toda clase de tiempo. Entonces no se esmerarían tanto en no darnos nunca seis peniques de más, ni amontonarían adentro todo el equipaje. Claro que algunos de ellos nos dan buena propina, de vez en cuando; de lo contrario, no podríamos vivir, pero no podemos depender de eso.