Azabache
Azabache Quienes lo rodeaban aprobaron mucho ese discurso y uno de ellos declaró:
—Es una situación desesperada, y si a veces un hombre hace algo malo, no hay que extrañarse. Y si bebe aguardiente de más, ¿quién puede reprochárselo?
Jerry no tomó parte en esta conversación, pero lo noté más triste que nunca. En cuanto al Patrón, que había permanecido con ambas manos en los bolsillos, sacó el pañuelo de su sombrero y se enjugó la frente.
—Me has vencido, Sam —declaró luego— pues todo lo que dices es verdad. No volveré a mencionarte la policía… Es que me alteró la expresión de la mirada de ese caballo. Es muy duro para hombres y animales, y no sé quién lo arreglará… pero, por lo menos, podrías decir a la pobre bestia que lamentas haberte desquitado así con él. A veces no podemos ofrecerles más que una palabra bondadosa, y es maravilloso cómo entienden.
Pocas mañanas después de esa conversación, otro hombre apareció en la parada con el coche de Sam.
—¡Oye! —exclamó uno— ¿qué le pasa a Sam el Andrajoso?