Azabache
Azabache Aunque noté a menudo que se obligaba a los caballos de carniceros a ir a gran velocidad, ignoraba a qué se debía, hasta que un día tuvimos que esperar un rato en el Bosque de San Juan. Había al lado una carnicería, y mientras aguardábamos, llegó una carreta de carnicero a toda velocidad. El caballo, acalorado y exhausto, agachaba la cabeza; su jadeo y patas temblorosas evidenciaban de qué manera había sido conducido. El muchacho saltó de la carreta, y retiraba la cesta cuando el propietario salió, muy disgustado, y después de observar al caballo se encaró con aquél furioso:
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no manejes de esta manera? Arruinaste al último caballo, dejándolo sin aliento, y arruinarás éste de igual modo. Sino fueras mi propio hijo, te despediría ahora mismo; traer un caballo aquí en tal estado es una deshonra. Cualquier día la policía te detendrá por conducir así, y en tal caso, no me pidas que pague tu fianza, pues te he hablado hasta cansarme. Tendrás que cuidarte solo.
El muchacho, que durante este discurso había permanecido silencioso y empecinado, replicó entonces, enojado: