Azabache

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—No fue culpa mía, ni acepto tus reproches. No hago más que atenerme a tus órdenes… Siempre repites: «¡Date prisa, no te demores!». Y cuando voy a las casas, una persona quiere una pata de cordero para cenar temprano, y tengo que llevársela en un cuarto de hora; otra ha olvidado pedir biftecs, y debo ir a buscarlos y regresar a tiempo, o la señora se enojará; el tercero dice que tienen visitas inesperadas y que necesitan enseguida algunas chuletas; la dama del número nunca pide su cena hasta que llega la carne para el almuerzo… hay que apurarse, apurarse sin cesar. ¡Si los señores pensaran en lo que necesitan y pidieran la carne el día anterior, no tendría por qué haber tanta prisa!

—Ojalá lo hicieran —admitió el carnicero— me ahorraría muchos problemas, y podría satisfacer mucho mejor a mis clientes, si supiera de antemano qué desean. Pero, en fin… ¿de qué sirve hablar? ¿Quién piensa en la conveniencia del carnicero ni en la de su caballo? Está bien, llévalo adentro y ocúpate de él. No vuelvas a utilizarlo hoy, y si alguien pide algo más, llévaselo tú en la cesta.

Dicho esto, volvió a entrar, mientras el caballo se alejaba.


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