Azabache

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—Bueno, Barker —contestó ella— sería una gran pena que arriesgara seriamente su salud en esta tarea, no sólo por usted, sino por Mary y sus hijos. Hacen falta buenos conductores o buenos mozos de cuadra en muchas partes, de modo que, si alguna vez decide abandonar este trabajo de cochero, comuníquemelo. —Tras darle un amable mensaje para Mary, le puso algo en la mano, diciendo—: Aquí tiene cinco chelines para cada uno de los dos niños; Mary sabrá cómo invertirlos.

Muy complacido, Jerry le agradeció; luego salimos de la estación y llegamos por fin a casa. Yo, por lo menos, estaba cansado.

Capitán y yo éramos grandes amigos. Él era muy noble y muy buen compañero. Jamás pensé que tuviera que abandonar su hogar e ir a la muerte, pero llegó su turno, y ocurrió así. Yo no estaba presente, pero me enteré de todo.

Jerry y él habían llevado un grupo hasta la gran estación ferroviaria situada sobre el Puente de Londres, y regresaban cuando, entre el puente y el Monumento, Jerry vio acercarse un carro de cervecero vacío, tirado por dos potentes caballos, a los que el carretero azotaba con su pesado látigo. La carreta era liviana, y ellos iban a paso furioso, sin que el conductor los controlara.


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