Azabache

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Al día siguiente, Temerario, que así se llamaba, llegó a casa. Era un hermoso caballo zaino, sin un solo pelo blanco, alto como Capitán, de bella cabeza y sólo cinco años de edad. Lo saludé amistosamente por cordialidad, pero no le hice pregunta alguna. La primera noche estuvo muy inquieto; en vez de tenderse, se lo pasó sacudiendo la soga del cabestro de arriba a abajo, y golpeando contra el pesebre de tal modo que no me dejó dormir. Al día siguiente, en cambio, al cabo de seis horas de trabajar con el coche de plaza, regresó tranquilo y asentado. Como Jerry lo palmeaba y le hablaba mucho, no tardaron en entenderse. Decía Jerry que con un bocado flojo y bastante trabajo, sería manso como un cordero, y que no hay mal que por bien no venga, pues si su señoría había perdido un favorito que costaba cien guineas, el cochero había ganado un buen caballo que se hallaba en lo mejor de sus fuerzas. Por su parte, Temerario consideraba una gran decadencia el convertirse en caballo de cochero, y le disgustaba tener que alinearse en la parada. Sin embargo, al fin de esa semana me confesó que tener la boca cómoda y la cabeza libre compensaba muchas cosas, y que, al fin y al cabo, ese trabajo no era tan degradante como tener la cabeza y la cola sujetas entre sí en la montura. En definitiva, se adaptó bien, y Jerry lo quiso mucho.



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