Azabache
Azabache Cuando el reloj daba las once, llegamos a esa puerta, ya que Jerry era siempre puntual. Después el reloj dio los cuartos… uno, dos, tres, y luego, las doce; pero la puerta seguía sin abrirse.
El viento, que durante el día había sido muy cambiante y alternado con chaparrones, soplaba ahora con fuerza, muy frío y penetrante, y no había refugio. Jerry bajó del pescante para acomodarse mejor una manta sobre el cuello; luego, bailoteando, dio una o dos vueltas para un lado y otro; después se puso a agitar los brazos, pero como eso le produjo tos, abrió la portezuela del coche, en cuyo fondo se sentó con los pies sobre el pavimento, quedando así un poco protegido. El reloj volvió a dar los cuartos, sin que nadie saliera. A las doce y media Jerry llamó a la puerta y preguntó al criado si lo necesitarían esa noche.
—¡Ah, sí! lo necesitarán sin falta —repuso aquél— no se vaya, pues pronto terminarán.
Entonces Jerry volvió a sentarse, pero tan ronco estaba, que apenas si se le oía.