Azabache

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A la una y cuarto se abrió la puerta y salieron los dos caballeros que se instalaron en el coche e indicaron a Jerry dónde llevarlos; era a dos kilómetros de distancia. Yo tenía las patas tan entumecidas de frío, que temí tropezar. Al bajar, esos hombres ni siquiera se disculparon por habernos hecho esperar tanto; lejos de ello, protestaron por el precio. Sin embargo, como Jerry nunca cobraba más de lo que le correspondía, tampoco aceptaba menos, así que tuvieron que pagarle las dos horas y cuarto de espera. Pero a Jerry le costó caro ganar ese dinero.

Por fin llegamos a casa. Mi amo apenas podía hablar, tosía terriblemente. Polly, sin preguntar nada, le abrió la puerta y le sostuvo la lámpara.

—¿Necesitas algo? —quiso saber.

—Sí; tráele algo caliente a Jack, y después hiérveme un poco de avena con leche para mí.

Esto lo dijo mi amo en un ronco susurro. Aunque apenas si podía respirar, me dio una buena friega, como de costumbre, e incluso subió al henal en busca de un manojo más de paja para mi lecho. Polly me sirvió una mezcla caliente que me supo bien; después cerraron la puerta.


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