Azabache
Azabache —Bueno, no creo que lo haga por placer —adujo Patas Alegres— es una mala costumbre, no más. Dice que nadie fue jamás bondadoso con ella, y siendo asÃ, ¿por qué no va a morder? Es una pésima costumbre, por supuesto, pero si todo lo que dice es cierto, deben haberla maltratado mucho, antes de su llegada aquÃ. John y James hacen cuanto pueden por complacerla, y en cuanto a nuestro amo, nunca recurre al látigo si el caballo se porta bien; de modo que quizás aquà recobre su buen talante. Ya ves… —agregó con expresión sabihonda— tengo doce años, sé muchas cosas, y puedo asegurarte que en todo el paÃs no hay mejor sitio que éste para un caballo. John es el mejor lacayo que existe; hace catorce años que trabaja aquÃ, y en cuanto a James, nunca se ha visto muchacho más bueno. Por eso, si BravÃa no se quedó en esa casilla, es culpa suya y de nadie más.
El cochero se llamaba John Manly. Con su esposa e hijito, habitaban en una cabaña próxima.
Al dÃa siguiente, me llevó al patio, donde me aseó bien. En el momento en que regresaba con el pelaje suave y reluciente, vino a verme el señor Gordon, que se mostró complacido y dijo:
—John, querÃa probar el caballo nuevo esta mañana, pero tengo otros asuntos que atender. ¿Por qué no te lo llevas a dar una vuelta, después del desayuno? Vayan por el prado común y por Highwood, y vuelvan por el molino y el rÃo, asà conocerá el trayecto.