Azabache
Azabache —Muy bien, señor —contestó John.
Después del desayuno, volvió y me puso una brida, cuidándose bien de pasar las correas de modo que me ciñeran la cabeza cómodamente. Luego llevó una montura, pero advirtió enseguida que no era lo bastante ancha para mi espalda y fue en busca de otra, que encajó sin dificultad. Me condujo al principio con lentitud, luego al trote y más tarde al medio galope; y cuando llegamos a la pradera, me tocó apenas con el látigo y dimos una espléndida carrera.
—¡Para, muchacho, para! —exclamó al sujetarme— creo que te gustaría seguir a los sabuesos.
Cuando regresábamos cruzando el parque, nos encontramos con el señor y la señora Gordon, que iban de a pie. Se detuvieron, y John desmontó de un salto.
—Y bien, John, ¿qué tal anda? —quiso saber mi nuevo amo.