Azabache

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—Sí, sí, demasiado —admitió Jakes— pero eso no es culpa mía; cuando estábamos por salir, llegó el capataz, que hizo agregar cien kilos más para ahorrarse molestias. No tengo otro remedio que arreglarme como puedo —concluyó, y levantaba de nuevo el látigo, cuando la dama exclamó:

—Espere, por favor; creo poder ayudarlo, si me lo permite. ¿No ve?, no le deja oportunidad… No puede emplear toda su potencia con la cabeza echada hacia atrás, como la tiene con esa rienda tensa. Si se la quitara, segura estoy de que rendiría más. Pruébelo —insistió en tono persuasivo— me alegraría mucho de que lo hiciera.

—Bueno, bueno —rió secamente Jakes— cualquier cosa con tal de complacer a una dama, claro está. ¿Hasta dónde quiere que la baje, señora?

—Hasta abajo; déjele la cabeza libre.

En cuanto me quitaron la rienda, bajé la cabeza hasta las mismas rodillas. ¡Qué alivio sentí! La agité entonces varias veces, para desentumecerme el pescuezo.

—¡Eso es lo que le hacía falta, pobrecito! —exclamó ella, mientras me palmeaba y acariciaba con su suave mano— y ahora, si le habla cariñosamente y lo alienta, creo que podrá salir adelante.

Tomando la rienda, Jakes me dijo:

—¡Vamos, Negrito!…


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