Azabache
Azabache Un dÃa iba más cargado que de costumbre, y parte del camino era por una empinada cuesta. Aunque recurrà a todo mi vigor, no podÃa seguir adelante, y me veÃa continuamente obligado a detenerme. Disgustado por ello, mi conductor me aplicó fuertes latigazos, mientras gritaba:
—¡Vamos, perezoso, date prisa!
De nuevo ponÃa yo en movimiento aquella pesada carga, y lograba recorrer unos cuantos metros; de nuevo bajaba el látigo, y de nuevo adelantaba yo con gran esfuerzo. Me dolÃa el cuerpo, por los golpes de aquel enorme látigo de carretero, pero más el alma, pues me desanimaba verme castigado e insultado cuando me esforzaba tanto. Por tercera vez me azotaba cruelmente, cuando se le acercó rápidamente una dama, que le dijo con voz dulce y severa:
—Le ruego que no castigue más a su buen caballo; estoy segura de que está haciendo cuanto puede. Es que el camino es muy empinado…
—Si haciendo cuanto puede no logra llevar esta carga, tendrá que hacer más de lo que puede; eso es cuanto sé, señora —repuso Jakes.
—Pero ¿esa carga no es muy pesada? —insistió ella.