Azabache
Azabache Jamás olvidaré a mi nuevo amo. Tenía ojos negros y nariz ganchuda; boca tan llena de dientes como la de un bull-dog, y voz tan áspera como el chirrido de las ruedas de una carreta sobre los adoquines. Se llamaba Nicholas Skinner, y creo que era el mismo para quien había trabajado el pobre Sam el Andrajoso.
He oído decir que ver es creer, pero yo diría que sentir es creer, ya que, pese a todo lo que había visto antes, nunca conocí, como entonces, qué desdichada es la vida de un caballo de cochero.
Skinner tenía un conjunto de malos coches y de malos conductores; era duro con los hombres, y ellos lo eran con los caballos. Allí no teníamos descanso dominical, pese a ser pleno verano.