Azabache

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Orgulloso de tal encargo, el niño lo tomó con toda seriedad. No pasaba día sin que me visitara, buscándome entre los demás caballos para ofrecerme un pedazo de zanahoria o alguna otra cosa sabrosa, y a veces acompañándome mientras comía la avena. Siempre venía con palabras amables y caricias, de modo que, por supuesto, le cobré gran afecto. Me llamaba Viejo Compinche, porque yo solía salir a su encuentro y seguirlo por el campo. A veces llevaba consigo a su abuelo, quien siempre me examinaba las patas con atención.

—Ése es el punto débil, Willie —decía entonces— pero mejora con tal rapidez que, según creo, notaremos un gran cambio en primavera.

Aquel descanso completo, aquella buena comida, aquel pasto suave y aquel tranquilo ejercicio no tardaron en influir en mi estado físico y espiritual. De mi madre había heredado una buena constitución, y de joven nunca me habían exigido demasiado; por eso tenía mejores perspectivas que otros caballos a los que se hace trabajar antes de llegar a la plenitud de sus fuerzas.

Durante el invierno mis patas mejoraron tanto que empecé a sentirme de nuevo joven. Por fin llegó la primavera, y un día de marzo, el señor Thoroughgood decidió probarme en el faetón, junto con Willie. Como ya no tenía las patas tiesas, yo, complacido, cumplí la tarea con toda soltura.


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