Azabache
Azabache —Es una verdadera especulación —comentó el anciano, meneando la cabeza, aunque sacando su billetera—. ¿Le queda algo por hacer aqu� —agregó, mientras pagaba.
—No, señor; si lo desea, puedo llevárselo a la hosterÃa.
—SÃ, por favor; ahora voy para allá.
Echaron a andar, y yo tras ellos. El niño apenas podÃa dominar su alegrÃa, lo cual parecÃa complacer mucho al caballero. En la hosterÃa me alimentaron bien, antes de que un criado de mi nuevo amo me condujera a casa y me soltara en un vasto prado, con un cobertizo en un rincón.
El señor Thoroughgood, pues asà se llamaba mi benefactor, dio órdenes de que se me proporcionara heno y avena cada mañana y cada noche, y que se me permitiera corretear por todo el prado durante el dÃa.
—Y tú, Willie, deberás ocuparte de él —agregó, dirigiéndose a su nieto.