Azabache

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Cuando llegábamos a una cuesta, en lugar de aflojar el paso, echaba su peso contra el collar y empujaba hacia adelante sin vacilar. Ambos trabajábamos con el mismo ahínco, de modo que John tuvo que contenernos, con más frecuencia que apremiarnos, y sin verse obligado jamás a recurrir al látigo contra uno de nosotros. Llevábamos casi el mismo ritmo, y me resultó muy fácil seguirle el paso al trotar. Así era más agradable, y al amo le gustaba que siguiéramos bien el paso, lo mismo que a John. Una vez que salimos juntos dos o tres veces, nos hicimos muy amigos, lo cual me hizo sentir como en mi casa.

En cuanto a Patas Alegres, no tardamos en llegar a ser grandes amigos. Tan alegre, animoso y bonachón era, que todos lo tenían como favorito, especialmente la señorita, Jessie y la señorita Flora, quienes solían pasear con él por el huerto, y divertirse jugando con él y con su perrito, Juguetón.







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