Azabache
Azabache John parecía muy orgulloso de mí; solía cepillarme la crin y la cola hasta que me quedaban sedosas como la cabellera de una mujer, y me hablaba mucho. Claro está que yo no entendía todo lo que me decía, pero aprendí cada vez más a saber qué quería decir y qué deseaba que hiciera. Llegué a tenerle mucho afecto, pues era muy amable y bondadoso y parecía conocer los sentimientos de un caballo. Cuando me limpiaba, conocía los lugares sensibles y los que causaban cosquillas; cuando me cepillaba la cabeza, cuidaba mis ojos como si fueran los suyos, sin producir nunca la menor molestia.
A su modo, el mozo del establo, James Howard, era igual de amable y bondadoso, de modo que me consideré afortunado. Otro hombre ayudaba en el patio, pero poco tenía que ver con Bravía y conmigo.
Unos días más tarde, tuve que sacar el carruaje junto con Bravía. Me preguntaba cómo nos llevaríamos, pero ella se condujo muy bien, salvo que echó atrás las orejas cuando me llevaron junto a ella. Cumplió su labor honestamente y sin retaceos, de modo que no pude desear tener mejor compañera en un doble arnés.