Azabache
Azabache ¿Qué más podía desear? ¡Libertad, pues! Durante tres años y medio de mi vida había tenido cuanta pudiera desear; en cambio entonces, semana tras semana, mes tras mes, y sin duda año tras año debía permanecer noche y día en un establo, salvo cuando me necesitaran; y entonces debía ser tan firme y tranquilo como cualquier caballo viejo que ha trabajado veinte años. Debía dejarme poner correas por todos lados, un bocado en la boca y anteojeras sobre los ojos. No me quejo, no, porque sé que así debe ser. Quiero decir solamente que para un caballo joven, pleno de brío y vigor, acostumbrado a un vasto campo o llanura donde levantar la cabeza, menear la cola, galopar a toda velocidad, ir y venir resoplando a sus amigos… digo que es duro no tener ya más libertad para hacer lo que se quiere.
A veces, cuando me ejercitaba menos de lo habitual, me sentía tan colmado de vida y energía que, al sacarme John, no podía realmente quedarme quieto. Por más que me esforzara, sentía necesidad de saltar, bailar o hacer piruetas, y sé que debo haberle dado más de una buena sacudida, especialmente al principio, pero él era siempre bondadoso y paciente.
—Quieto, quieto, muchacho —me decía— espera un poco, que una buena carrera te quitará enseguida el hormigueo de las patas.