Azabache
Azabache Más tarde, en cuanto salíamos del poblado, me permitía trotar unos cuantos kilómetros, y me llevaba de vuelta tan fresco como antes, aunque ya libre de inquietudes, como decía él.
Cuando no se ejercita bastante a los caballos briosos, se los tacha de asustadizos, y algunos caballerizos los castigan, pero nuestro John no, pues sabía que era sólo fogosidad. Sin embargo, tenía sus propias maneras de hacerme comprender, por su tono de voz o un tirón de la rienda. Si estaba muy serio o resuelto, yo lo advertía en su voz, y eso ejercía más poder sobre mí que ninguna otra cosa, pues le tenía mucho afecto.
Debería agregar que a veces nos daban libertad por unas horas, habitualmente en domingos, durante el verano. Nunca sacábamos el carruaje los domingos, ya que la iglesia quedaba cerca.
Para nosotros era toda una fiesta que nos dejaran sueltos en el cercado hogareño o en el antiguo huerto; tan fresco y suave era el pasto bajo nuestras patas tan dulce era el aire, y tan placentera la libertad de hacer lo que se nos ocurría: galopar, echarnos, rodar de espaldas, o mordisquear el pasto. Entonces, cuando nos deteníamos juntos bajo la sombra del castaño grande, era un momento oportuno para conversar.