Azabache

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—No… Lo único que le importaba, era la elegancia de su carruaje, como ellos decían. Creo que sabía poco de caballos, y dejaba eso en manos de su cochero, que le decía que yo tenía mal carácter, y que no me habían habituado a la rienda tirante, pero que no tardaría en acostumbrarme. Sin embargo, no era él quien podía conseguirlo, pues cuando yo estaba en el establo, furiosa y cansada, en vez de palabras bondadosas que me tranquilizaran y aliviaran, no recibía más que alguna mirada hosca o algún golpe. Si se hubiera mostrado amable, yo habría procurado soportar todo. Estaba dispuesta al trabajo, por arduo que fuera, pero el verme atormentada nada más que por capricho suyo, me enfurecía. ¿Qué derecho tenían a hacerme sufrir de esa manera? Además de la boca lastimada y el pescuezo dolorido, esas riendas tensas me hacían doler siempre la tráquea; sé que de haberme quedado allí mucho tiempo, mi respiración habría quedado estropeada. Sin poder evitarlo, me volví cada vez más inquieta e irritable. Comencé a lanzar tarascones y patadas cada vez que alguien se acercaba para enjaezarme; el mozo de cuadra me azotaba por esto. Un día, cuando acababan de uncirnos al carruaje y me echaban atrás la cabeza con esa rienda, me puse a corcovear y patear con todas mis fuerzas. No tardé en romper muchos arreos y abrirme paso a patadas; así concluyó mi estancia allí. No tardaron en enviarme a Tattersall para ponerme en venta. Por supuesto, no podían garantizarme libre de mañas, de modo que nada se dijo al respecto. Mi buen aspecto y andar atrajeron pronto a un caballero, que ofreció comprarme, y así fui adquirida por otro tratante. Éste, que probó de todas maneras y con diferentes bocados, no tardó en descubrir qué era lo que yo toleraba. Por fin pudo conducirme sin tirar de la rienda, y entonces me vendió como caballo perfectamente tranquilo, a un caballero del campo. Como éste resultó un buen amo, me iba muy bien hasta que llegó otro nuevo, de carácter tan malo y mano tan pesada como la de Samson. Siempre hablaba con voz áspera e impaciente, y si yo no me movía en el establo en el instante deseado por él, me golpeaba encima de los corvejones con la escoba o el rastrillo, lo que tuviera en la mano. No hacía nada sin rudeza, y yo comencé a odiarlo; lo que él quería era que le temiera, pero para eso yo era demasiado fogosa. Un día en que me fastidió más de lo habitual, lo mordí, cosa que, por supuesto, lo enfureció mucho, de modo que comenzó a pegarme en la cabeza con el látigo. Después de eso, no volvió a atreverse a entrar en mi establo, pues yo le tenía listos los cascos o los dientes, y él lo sabía. Aunque con mi amo era muy tranquila, éste prestó oídos a lo que le dijo ese sujeto, y así fui vendida de nuevo. El mismo tratante, que oyó hablar de mí, dijo conocer un sitio donde me iría bien. «Sería una lástima —dijo—, que un caballo tan hermoso se estropeara por falta de una oportunidad realmente buena»; y así fue como vine a parar aquí, no mucho antes que tú. Ya había decidido que los hombres son mis enemigos naturales, y que debía defenderme de ellos. Claro que aquí es diferente, pero ¿quién sabe cuánto durará? Ojalá pudiera pensar como tú, pero con todo lo que he tenido que soportar, me es imposible.


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