Azabache

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Cuando volvimos a encontrarnos en el cercado, Bravía siguió hablándome de su primer hogar.

—Después que me domaron, me compró un tratante para que hiciera pareja con otro caballo zaino. Durante algunas semanas nos condujo juntos; luego nos vendió a un caballero de la sociedad, y fuimos enviados a Londres. El tratante nos manejaba con rienda tensa, cosa que yo detestaba más que nada en el mundo, pero allí nos dirigían con la rienda aún más tirante, porque el cochero y su amo pensaban que así quedábamos más elegantes. A menudo nos llevaban por el parque y otros sitios a la moda. Tú, que nunca has sentido una rienda tensa, no sabes lo que es, pero yo puedo decirte que es algo espantoso. A mí me gusta menear la cabeza, y tenerla tan alta como cualquier caballo, pero piensa cómo te sentirías si, al echar atrás la cabeza, te obligaran a tenerla así durante cuatro horas seguidas, sin poder moverla para nada, salvo levantándola más arriba aún, mientras el pescuezo te duele hasta que no sabes cómo soportarlo. Encima de esto, tienes dos bocados en lugar de uno, y el mío era afilado. Me lastimaba la lengua y la mandíbula, y la sangre de mi lengua coloreaba la espuma que no cesaba de brotarme de los labios, cuando me frotaba y agitaba contra el bocado y las riendas.

—¿Tu amo no pensaba para nada en ti? —pregunté.


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