Azabache
Azabache —Porque para mÃ, todo fue muy diferente —repuso ella—. Nunca hubo nadie, hombre ni caballo, que fuera bueno conmigo, ni a quien quisiera complacer. Para empezar, me apartaron de mi madre en cuanto dejé de mamar, y me encerraron con otros potrillos jóvenes; a ninguno de ellos le importaba nada de mÃ, ni a mà de ellos. No tuve un amo bondadoso, como el tuyo, que se ocupara de mÃ, me hablara y me llevara cosas sabrosas para comer. El hombre que nos cuidaba jamás me dirigió una palabra amable. No quiero decir que me maltratara, pero no se ocupaba de nosotros sino para comprobar que tenÃamos comida suficiente y cobijo en el invierno. Por nuestro campo corrÃa un sendero para caminantes, por donde solÃan pasar muchachones que nos arrojaban piedras para hacemos galopar. A mà nunca me alcanzaron, pero un hermoso potro joven recibió un mal tajo en la cara, que, según creo, le habrá dejado una cicatriz para toda la vida. Aunque no nos importaban esos muchachos, su conducta nos volvió más salvajes, por supuesto, y nos hicimos a la idea de que eran nuestros enemigos. Nos divertÃamos mucho en el prado, ya fuera galopando de un lado a otro, persiguiéndonos por el campo o descansando a la sombra de los árboles. Pero cuando lo pasé mal, fue cuando llegó el momento de la doma. Vinieron varios hombres a atraparme, y cuando por fin me arrinconaron en una punta del campo, uno me sujetó por el flequillo y otro por la nariz, con tal fuerza que apenas si podÃa respirar, mientras el tercero me aferraba la mandÃbula con su dura mano y me abrÃa la boca de un tirón; asÃ, a la fuerza, me colocaron el bocado. Hecho esto, uno me arrastró por el cabestro, mientras otro me azotaba por detrás. Fue ésa la primera experiencia que tuve de la bondad humana: pura fuerza. Ni siquiera me dieron una oportunidad de saber qué querÃan. Yo era muy animosa; sin duda muy salvaje y les ocasionaba muchas molestias, pero el caso es qué era terrible estar encerrada en un establo, dÃa tras dÃa, en lugar de andar en libertad. Me enardecÃa, languidecÃa y ansiaba salir. Tú bien sabes que ya es bastante malo aunque tu amo sea bueno y te halague bastante, pero yo no tuve nada de eso. Tal vez el anciano amo, el señor Ryder, pudo haberme dominado sin tardanza, y logrado cualquier cosa de mÃ, pero habÃa dejado lo más arduo del oficio a su hijo y otro hombre experto. Él iba sólo de vez en cuando, para supervisar. Su hijo era un hombre fuerte, alto y atrevido, llamado Samson, quien solÃa jactarse de no haber sido derribado por ningún caballo. En él no habÃa nada de bondad, como en su padre, sino sólo dureza: en la voz, en la mirada en la mano. Desde un primer momento comprendà que lo que deseaba era doblegarme, convirtiéndome en una bestia mansa, humilde y obediente. «¡Una bestia mansa!». SÃ, no pensaba en otra cosa —agregó BravÃa, pateando el suelo como si el solo pensarlo la enfureciera—. Si no hacÃa exactamente lo que él querÃa, se ponÃa furioso, y me hacÃa dar vueltas a la carrera por el campo de entrenamiento, con esa rienda larga, hasta cansarme. Creo que bebÃa bastante, y estoy segura de que cuanto más bebÃa, peor era para mÃ. Un dÃa me atormentó cuanto pudo, y me acosté fatigada, angustiada y furiosa; todo me parecÃa tan injusto… La mañana siguiente, fue en mi busca temprano, y de nuevo me hizo correr largo rato. Apenas si habÃa descansado una hora, cuando fue a buscarme de nuevo con una montura, una brida y un nuevo tipo de bocado. Nunca supe bien cómo fue… Recién acababa de montarme en el campo de entrenamiento, cuando, enojado por algo que hice, dio un fuerte tirón de la rienda. El bocado nuevo me hizo doler tanto, que me encabrité de pronto; entonces él, más furioso aún, se puso a azotarme. Ya completamente rebelada contra él, comencé a patear, menearme y encabritarme como nunca; fue una verdadera pelea. Él se mantuvo largo rato sobre la montura, castigándome cruelmente con su látigo y sus espuelas, pero la sangre me hervÃa y no me importaba lo que me hiciera, con tal de lograr zafarme de él. Por fin, y al cabo de una lucha terrible, lo arrojé de espaldas. Lo oà caer pesadamente en el césped, y sin mirar atrás, galopé al extremo opuesto del campo, desde donde, al volverme, vi que mi torturador se levantaba lentamente y se dirigÃa al establo. Yo vigilaba desde la sombra de un roble, pero nadie fue a apresarme. Pasó el tiempo; el sol calentaba mucho, las moscas que zumbaban a mi alrededor se posaban en mis ijares ensangrentados, lastimados por las espuelas. Como no habÃa comido nada desde temprano, tenÃa hambre, pero el pasto de ese prado no bastaba para alimentar un ganso. Yo ansiaba tenderme a descansar, pero con la montura sujeta al lomo no tenÃa alivio posible, como tampoco una gota de agua para beber. Asà pasó la tarde y bajó el sol. Al ver que se llevaban a los demás potros, pensé que iban a alimentarse bien. Por fin, cuando ya el sol se ponÃa, vi que salÃa mi anciano amo, con un tamiz en la mano. Era un caballero muy distinguido, de cabello muy blanco, pero cuya voz reconocerÃa yo entre mil: no era aguda, ni tampoco grave, sino plena, clara y tierna, y cuando daba órdenes, tan firme y decidida que todos, tanto caballos y hombres, se daban cuenta de que esperaba ser obedecido. Llegó a mi lado en silencio, y entonces, sacudiendo la avena que llevaba en el tamiz, me habló alegre y bondadosamente: «Ven aquÃ, muchacha, ven aquÃ, ven aquû. Yo me quedé quieta y lo dejé acercarse. Cuando me ofreció la avena, me puse a comer sin temor, ya que con su tono lo habÃa disipado por completo. Mientras tanto, él me palmeaba y acariciaba, y al ver la sangre coagulada en mis costados se enojó mucho. «Pobrecita, ¡fue un mal asunto, un mal asunto!», dijo antes de tomarme por las riendas para conducirme al establo. Al ver en la puerta a Samson, bajé las orejas y le eché un tarascón. «Apártate, y no te pongas en su camino —dijo mi amo—; ya has tratado bastante mal a esta yegua». Él gruñó algo, llamándome bestia mañosa. «Óyeme —dijo su padre—, un hombre de mal carácter nunca conseguirá que un caballo lo tenga bueno. TodavÃa no conoces tu oficio, Samson». Dicho esto, me condujo a mi casilla, con sus propias manos me quitó la montura y la brida, y me dejó atada. Pidiendo un balde de agua caliente y una esponja, se sacó la chaqueta, y mientras el peón del establo le tenÃa el balde, él me lavó los costados con la esponja, con mucha suavidad, pues sin duda se daba cuenta de que los tenÃa magullados y heridos. «¡So!, mi linda, quieta, quieta…», me decÃa. Su voz me hizo bien, y el lavado me alivió mucho. En las comisuras de la boca tenÃa la piel tan desgarrada, que no pude comer heno, ya que sus tallos me hacÃan daño. Él me miró la boca con atención, meneó la cabeza, y ordenó al peón que me llevara afrecho molido, con un poco de harina. ¡Qué sabroso estaba!, y tan suave, que me curó la boca. Mientras yo comÃa, él me acariciaba y decÃa al peón: «Si no se puede domar a un animal tan brioso como éste por las buenas, nunca servirá para nada». Después de esto iba a verme a menudo, y cuando mi boca quedó curada, el otro domador, Job, fue quien siguió con mi entrenamiento. Como era firme y considerado, no tardé en aprender lo que él deseaba.