Azabache

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—¡Claro que no! No haría semejante cosa por la mejor avena del mundo… Si tengo tanto cuidado con nuestras damitas como podría tenerlo el amo, y en cuanto a los pequeños, soy yo quien les enseña a montar. Cuando parecen un poco asustados o vacilan un poco al montarme, yo ando con tanta suavidad y tan en silencio como la vieja gata cuando persigue un pájaro; cuando se tranquilizan, vuelvo a darme prisa, de modo que se acostumbren. Así que no te molestes en sermonearme; soy el mejor amigo y maestro de equitación de esos niños. No se trata de ellos, sino de los muchachos. Ellos son otra cosa —continuó, sacudiendo la crin— hay que domarlos, como nos domaron a nosotros cuando éramos potros, y enseñarles a conducirse. Cuando los otros niños me habían montado casi dos horas, los muchachos consideraron llegado su turno; así era, y yo no tuve inconveniente alguno. Me montaron por turno, y los hice galopar por el campo y el huerto durante una hora entera. Cada uno de ellos se había cortado una gran vara de avellano, y la utilizaban con demasiada frecuencia, pero yo lo toleré de buen grado, hasta que por fin, considerando que ya teníamos suficiente, me detuve dos o tres veces, a modo de indirecta. Tú ya sabes; los muchachos creen que un caballo o un pony es lo mismo que una locomotora de vapor o una trilladora, y que puede funcionar durante todo el tiempo y con toda la rapidez que a ellos se les ocurra. Ni siquiera piensan que un pony puede cansarse o tener sentimientos de ninguna clase; por eso, como el que me azotaba no quería entender, me levanté sobre las patas traseras y lo dejé deslizarse por detrás… nada más. Cuando me volvió a montar, repetí lo mismo. Entonces subió el otro, y en cuanto comenzó a utilizar su vara, lo eché sobre el pasto, y así hasta que llegaron a entender. Eso fue todo. No son malos muchachos ni se proponen ser crueles. Yo les tengo gran afecto, pero ya ves que tuve que darles una lección. Cuando me condujeron a presencia de James y le contaron lo sucedido, me parece que se disgustó mucho al ver esos palos tan grandes. Dijo que eran adecuados tan sólo para vaqueros o gitanos, y no para caballeritos.


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