Azabache

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¡Ah!, si supiera la gente qué alivio es para los caballos una mano liviana, cómo les conserva la boca sana y el humor parejo, seguramente no tironearían como suelen hacerlo. Tenemos bocas tan sensibles que, cuando un trato malo o ignorante no las ha estropeado o endurecido, sentimos el menor movimiento de la mano del jinete, y en un instante comprendemos lo que se nos pide. A mí nadie me había estropeado la boca, y creo que por eso el ama me prefería a Bravía, aunque su andar era, sin duda, tan bueno como el mío. Con frecuencia ella me envidiaba, diciendo que por culpa de su entrenamiento, y del bocado que le habían puesto en Londres, su boca no era tan perfecta como la mía. Entonces, el viejo Sir Oliver solía decirle:

—¡Vamos, vamos!, no te enojes; tuyo es el honor más grande; una yegua capaz de llevar a un hombre de la estatura de nuestro amo, con todo tu vigor y soltura de movimientos, no tiene por que avergonzarse de no llevar a la señora. Nosotros, los caballos, debemos aceptar las cosas como se presentan, y estar siempre satisfechos y bien dispuestos con tal de que nos traten bondadosamente.





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