Azabache
Azabache Bravía y yo no éramos de esa raza de caballos altos, aptos para llevar carruajes; más bien teníamos sangre de carrera. Como nuestra altura era de unas quince cuartas y media, servíamos tanto para montar como para conducir. Nuestro amo solía decir que no le agradaban los caballos ni personas capaces de hacer sólo una cosa, y como no pretendía pavonearse en los parques londinenses, prefería un tipo de caballo más activo y útil.
En cuanto a nosotros, hallábamos nuestro mayor placer cuando nos enjaezaban para una cabalgata: Bravía llevaba al amo, yo a la señora, y las niñas iban sobre Sir Oliver y Patas Alegres. Era tan alegre andar todos juntos al trote o al medio galope, que siempre nos ponían fogosos. Yo era el que mejor lo pasaba, pues siempre llevaba a la señora. Pesaba poco, tenía voz dulce, y manejaba la rienda con tanta suavidad, que me conducía casi sin que lo sintiera.