Azabache
Azabache —No me cabe duda de que lo habrÃas hecho —replicó Patas Alegres— pero yo, por mi parte, no soy tan tonto, y discúlpame, como para enojar al amo o hacer que James se avergüence de mÃ. Además, esos niños están a mi cargo mientras montan; les digo que me los confÃan a mÃ. Pero si el otro dÃa, no más, oà que nuestro amo decÃa a la señora Blomefield: «Mi estimada señora, no tiene por qué inquietarse por los niños; mi buen Patas Alegres los cuidará tan bien como lo harÃamos usted o yo; le aseguro que no venderÃa ese caballito por nada, tan buen carácter tiene y tan de fiar es». ¿Me crees una bestia tan desagradecida como para olvidar el trato bondadoso que he recibido aquà durante cinco años, y toda la confianza que depositan en mÃ, y volverme mañoso porque un par de muchachos ignorantes me tratan mal? ¡No, no!, tú no has tenido nunca un buen hogar, donde fueran bondadosos contigo, y por eso no sabes. Yo no apenarÃa a nuestra gente por nada; los adoro —continuó Patas Alegres, resoplando por la nariz, como solÃa hacerlo por la mañana, al oÃr acercarse los pasos de James—. Además, si me diera por patear, ¿adónde irÃa a parar? Vaya, me venderÃan en un santiamén sin ninguna recomendación, y podrÃa encontrarme esclavizado por el mandadero de un carnicero, o muerto de trabajo en algún sitio de veraneo, donde a nadie le importara de mÃ, salvo para averiguar lo rápido que puedo andar; o tirando de alguna carreta, llevando a tres o cuatro gordos de juerga, como vi con frecuencia en el sitio donde vivÃa antes de venir aquÃ. No —concluyó, meneando la cabeza— espero no llegar jamás a esa situación.