Azabache
Azabache —Lo es, no te quepa duda —aseguró él—. A mi modo de ver, la moda es una de las peores cosas que existen. FÃjense ahora, por ejemplo, la manera en que tratan a los perros, cortándoles las colas para que parezcan animosos, y recortándoles las orejitas en punta, acaso para que parezcan despiertos. Una vez tuve una gran amiga, una terrier parda, a la que llamaban «Syke». Tanto afecto me tenÃa, que no dormÃa sino en mi establo. Armaba su lecho bajo el pesebre, y fue allà donde tuvo cinco cachorros, de lo más bonitos. Como eran de raza, no ahogaron a ninguno, ¡y ella estaba tan complacida con ellos! Y cuando abrieron los ojos, y comenzaron a arrastrarse por todos lados, eran lindos de ver. Pero un dÃa vino el hombre y se los llevó a todos. Pensé que acaso temiera que yo pudiera pisarlos, pero no era asÃ. Al anochecer, la pobre Syke los llevó a todos de vuelta, uno por uno, con la boca, todos ensangrentados y llorando de modo lastimoso. A todos les habÃan cortado un trozo de la cola, y recortado la lengüeta blanda de las orejitas. ¡Cómo los lamÃa su madre, y qué apenada estaba, pobrecita! Nunca pude olvidarlo. Con el tiempo sus heridas curaron, y olvidaron el dolor; pero la lengüeta suave, destinada por supuesto a proteger la parte delicada de sus orejas del polvo y las heridas, estaba perdida para siempre. ¿Porqué no cortan en punta las orejas de sus propios hijos para que parezcan despiertos? ¿Por que no les cortan las puntas de las narices, para que parezcan animosos? Una cosa serÃa tan lógica como la otra. ¿Qué derecho tienen de atormentar y desfigurar a los animalitos de Dios?