Azabache

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—Todo eso es verdad —admitió con tristeza Patas Alegres— y donde vivía antes vi suceder eso con los perros una y otra vez, pero aquí no debemos hablar de ello. Ustedes saben que el amo, John y James son siempre buenos con nosotros, y hablar contra los hombres en un sitio como éste no me parece justo ni agradecido. Ya saben que hay otros amos y mozos buenos, además de los nuestros, aunque claro está que los nuestros son los mejores.

Con este sensato discurso, cuya veracidad conocíamos, el pequeño Patas Alegres nos tranquilizó a todos, especialmente a Sir Oliver, que abrigaba gran afecto por su amo. Para cambiar de tema, pregunté:

—¿Alguno puede decirme para qué sirven las anteojeras?

—¡No! —exclamó secamente Sir Oliver—. Porque no sirven para nada.

Con su tranquilidad habitual, intervino Justice:

—Se supone que impiden a los caballos asustarse y sobresaltarse, provocando así accidentes.

—Entonces, ¿por qué razón no se los ponen a los caballos de montar, especialmente a los de mujeres? —pregunté.


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