Azabache
Azabache —Usted lo condujo a menudo a mi casa, y esto demuestra la memoria e inteligencia del animal —continuó mi amo—. ¿Cómo podÃa saber que usted no se dirigÃa allà de nuevo? Pero eso poco tiene que ver. Debo decirle, señor Sawyer, que nunca tuve la desgracia de ver tratar de esa manera a un animal, y que al portarse de esa manera lastima usted su propio prestigio tanto o más que a su caballo. Recuerde que todos seremos juzgados por nuestras obras, tanto hacia los hombres como hacia las bestias.
Dicho esto, el amo me condujo a casa con lentitud, muy apenado, como lo denunciaba su tono.
Y se dirigÃa con tanta franqueza a los caballeros de su misma categorÃa que a sus inferiores, ya que otro dÃa, al salir, nos encontramos con cierto capitán Langley, un amigo del amo, que conducÃa una espléndida yunta de tordillos que tiraban de un coche. Al cabo de una breve conversación, el capitán inquirió:
—Señor Gordon, ¿qué opina usted de mi nueva yunta? Se lo tiene por el experto en caballos de esta zona y, me gustarÃa conocer su opinión…
—Son animales de una belleza habitual, y si son en todo tan buenos como en su aspecto, no podrÃa desear nada mejor… pero veo que, sigue ateniéndose a ese sistema suyo para molestar a sus caballos y disminuir su vigor.