Azabache
Azabache —Me parece que tiene razón en teorÃa —admitió el otro— y eso que dijo de los soldados es un tanto duro de tragar, pero… está bien, lo pensaré.
Con estas palabras se despidieron.
Un dÃa de fines de otoño, mi amo tuvo que hacer un largo viaje por asuntos de negocios. Me ataron al cochecillo y John subió junto a su amo. Siempre me gustaba tirar del cochecillo, pues era muy liviano, y sus grandes ruedas giraban de manera sumamente agradable. HabÃa llovido mucho; el viento soplaba con fuerza, arrastrando consigo las hojas secas de un lado a otro del camino. Muy contentos, llegamos a la barrera de peaje y el puente bajo de madera. Como las riberas eran bastante altas, el puente, en lugar de elevarse, lo cruzaba justo a nivel, de modo que en el medio si el rÃo estaba crecido, sus aguas tocaban casi las tablas. Pero como a cada lado habÃa sólidas barandas, eso a la gente no le importaba.
El encargado de la barrera comentó que el rÃo estaba creciendo con rapidez, y que temÃa que la noche fuera mala. El agua cubrÃa gran parte de las praderas, y en una zona baja del camino me llegó a las rodillas. Pero el fondo era bueno, y el amo conducÃa con suavidad, de modo que pude seguir adelante sin problemas.