Azabache
Azabache Llegado al pueblo, me alimentaron bien, por supuesto. Pero, como el amo estuvo mucho tiempo ocupado en sus asuntos, no partimos de regreso a casa hasta entrada la tarde. Ya el viento soplaba con mayor fuerza. Oà que mi amo decÃa a John que nunca habÃa salido con semejante tormenta, y lo mismo pensé yo mientras bordeábamos un bosque, donde los troncos de árboles se sacudÃan como ramitas y el aullido del viento era terrible.
—Ojalá salgamos pronto de este bosque —dijo el amo.
—No lo pasarÃamos bien si se nos cayera encima alguna de esas ramas —asintió John.
Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando se oyó un chasquido, un estrépito de algo que se partÃa, y un roble, arrancado de raÃz, se precipitó entre los demás árboles para ir a caer en el camino, delante mismo de nosotros. No diré que no me asusté, pues lo estaba; me detuve, inmóvil, y creo que temblando. Claro está que no di la vuelta ni eché a correr; mi crianza me lo impedÃa. John bajó de un salto y en un segundo estuvo a mi lado.
—Nos salvamos por poco —declaró el amo—. ¿Y ahora, qué hacemos?