Azabache

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—No podemos pasar por encima de ese árbol ni darle la vuelta… no nos queda otra alternativa que volver a la encrucijada, y de ese modo tendremos que recorrer más de seis kilómetros antes de llegar de nuevo al puente de madera. Nos retrasaremos, pero el caballo está descansado… —repuso John.

Así que volvimos hasta la encrucijada, pero cuando llegamos al puente ya era casi de noche. El agua lo cubría en el medio, pero, como eso solía ocurrir durante las crecientes, el amo no me detuvo.

Avanzábamos a buen paso, pero en cuanto toqué con las patas la primera parte del puente, advertí que algo andaba mal. Sin atreverme a seguir adelante, me detuve de pronto.

—Vamos, Azabache —dijo mi amo, tocándome apenas con el látigo.

Pero yo no me atreví a moverme. Entonces me azotó con más fuerza; di un salto, pero no avancé.

—Algo raro pasa, señor —declaró John, mientras bajaba del coche, se acercaba a mí y miraba a todos lados, tratando de conducirme hacia adelante—. Vamos, Azabache, ¿qué ocurre?

Aunque, por supuesto, no podía explicárselo, yo sabía que el puente no era seguro.

En ese preciso momento, el encargado de la barrera de peaje del lado opuesto salió corriendo de su casa, agitando una antorcha como enloquecido.


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