Azabache
Azabache —¡Oigan, oigan, deténganse! —vociferaba.
—¿Qué ocurre? —gritó a su vez mi amo.
—El puente se rompió en el medio; si avanzan, caerán al rÃo.
—¡Gracias a Dios! —murmuró mi amo.
—¡Este Azabache! —agregó John mientras me tomaba por la brida para conducirme con suavidad hacia el camino de la derecha, junto al rÃo.
Durante largo rato, ni el amo ni John dijeron palabra. Por fin, el amo comenzó a hablar con voz seria. Aunque no entendà gran parte de lo que dijeron, me enteré de que pensaban que, si yo hubiese avanzado como mi amo querÃa, sin duda habrÃa cedido el puente, y entonces caballo, carruaje, amo y criado hubiéramos caÃdo al rÃo. Como las aguas corrÃan con mucha fuerza, y no habÃa luz ni nadie que nos ayudara, lo más probable habrÃa sido que nos ahogáramos todos. Dijo el amo que Dios habÃa dotado a los hombres de razón, que les permitÃa descubrir cosas por sus propios medios, pero que a los animales les habÃa concedido una sabidurÃa que no dependÃa de la razón, que era mucho más rápida y perfecta a su modo, y mediante la cual salvaban con frecuencia las vidas de los hombres.