Azabache
Azabache Un dÃa en que las patadas menudearon, mi madre me llamó con un relincho para decirme:
—Presta atención a lo que voy a decirte… Estos potros que viven aquà son buenos, pero como son potros de caballos de tiro, es natural que no hayan aprendido muy buenos modales. Tú eres de raza y fuiste bien criado; el nombre de tu padre es famoso en estos parajes, y tu abuelo ganó dos veces la Copa en las carreras de Newmarket, mientras tu abuela tenÃa excelente carácter. En cuanto a mÃ, creo que nunca me has visto patear o morder… Espero que crezcas bueno y amable, y que nunca aprendas malos modales. Trabaja de buena gana, levanta las patas al trotar y nunca muerdas ni patees, ni siquiera por juego.
Jamás olvidé el consejo de mi madre. Era una yegua vieja y sabia, muy estimada por nuestro amo, que solÃa llamarla «Bonita» aunque su nombre era Duquesa.
Nuestro amo era un hombre amable y bondadoso, que nos proporcionaba sabrosa comida, buen abrigo y palabras cariñosas, y que se dirigÃa a nosotros con tanta consideración como a sus hijitos. Todos le tenÃamos afecto y mi madre lo querÃa mucho. Cuando lo veÃa en el portón, relinchaba de alegrÃa y trotaba a su encuentro. Él la palmeaba y acariciaba, diciéndole:
—¡Ah, mi buena Bonita! ¿Qué tal tu Morenito?
Me llamaba Morenito porque yo era de un color negro opaco.
