Azabache

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Luego me ofrecía un trozo de pan, que sabía muy bien, y a veces llevaba una zanahoria para mi madre.

Todos los caballos acudían a su lado, pero me parece que nosotros éramos sus favoritos. Siempre era mi madre la que lo llevaba al mercado en un carruaje.

Había un labriego, Dick, que a veces iba a nuestro campo para juntar las moras del seto. Una vez que comía hasta hartarse, se divertía con los potros, como él los llamaba, arrojándoles palos y piedras para hacerlos galopar. No le hacíamos mucho caso, pues no era capaz de seguirnos, pero a veces nos acertaba con alguna piedra y nos causaba dolor.

Un día, se dedicaba a este juego sin advertir la presencia de nuestro amo que, desde el campo vecino, observaba lo que ocurría. No tardó en saltar por encima del seto, sujetar a Dick por el brazo y propinarle tal bofetón, que le arrancó un bramido de dolor. Nosotros, al ver al amo, nos acercamos trotando.

—¡Qué muchacho malvado! perseguir a los potros —exclamó él—. Y ésta no es la primera ni la segunda vez, pero será la última… Toma, ten tu dinero y vete a casa. No quiero volver a verte en mi granja.

De modo que no volvimos a ver nunca más a Dick.

El viejo Daniel, que cuidaba los caballos, era tan bondadoso como nuestro amo, de modo que no teníamos motivo de queja.


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