Azabache
Azabache Antes de que cumpliera dos años, ocurrió algo que jamás olvidé.
Fue a principios de la primavera; por la noche habÃa helado un poco, y una tenue neblina cubrÃa aún las plantaciones y las praderas.
Con los demás potros, pastaba yo en la parte baja del prado cuando oÃmos, a bastante distancia, algo que parecÃa ladridos de perros.
El potro de más edad levantó la cabeza, irguió las orejas y exclamó:
—¡Aquà están los sabuesos!
E inmediatamente partió al galope, seguido por los demás, hacia la parte superior del campo, desde donde, por encima del seto, podÃamos ver varios campos más allá. Mi madre y un viejo caballo de montar del amo también se hallaban cerca, y parecÃan enterados de todo lo que pasaba.
—Han descubierto una liebre, y si vienen para acá, veremos la caza —anunció mi madre.
No tardaron los perros en irrumpir en los campos de trigo nuevo, cercanos al prado donde nos encontrábamos, con un estrépito como jamás habÃa oÃdo en mi con un vida. No ladraban ni aullaban ni gemÃan, sino que, a pleno pulmón, mantenÃan un incesante: «¡Yooo! ¡Yo, o, o! ¡Yo, o, o!».
Tras ellos apareció, una cantidad de hombres de a caballo, algunos ataviados con chaquetillas verdes.