Azabache
Azabache —Bueno, tenga la barrera levantada para que pase el médico; aquà tiene el dinero —le Indicó John, antes de volver a partir.
TenÃamos por delante un largo tramo de camino liso, junto a la orilla del rÃo. John me dijo:
—Vamos, Azabache, haz lo mejor que puedas…
Asà lo hice. No necesité látigo ni espuelas; por espacio de dos kilómetros galopé con toda la velocidad que me permitÃan mis patas. No creo que mi anciano abuelo, el que ganó la carrera de Newmarket, haya sido más veloz. Cuando llegábamos al puente, John me retuvo un poco, palmeándome el pescuezo mientras decÃa:
—¡Muy bien, Azabache! Eres una maravilla.
Me habrÃa permitido seguir más despacio, pero yo, entusiasmado como estaba, partà a igual velocidad.
John tocó dos veces la campana, antes de golpear la puerta con estrépito. Se abrió una ventana; el doctor White, con gorro de dormir, asomó la cabeza e inquirió:
—¿Qué desea?
—La señora Gordon está muy enferma, doctor, y el amo quiere que vaya enseguida, pues cree que ella morirÃa sin su ayuda… aquà traigo un mensaje escrito.