Azabache

Azabache

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—Espere, ya voy —asintió el médico, que, cerrando la ventana, no tardó en salir a la puerta—. Lo malo es que mi caballo anduvo todo el día y está agotado; mi hijo se llevó el otro… ¿Qué se puede hacer? ¿Puede prestarme el suyo?

—Galopó casi todo el trayecto, y debía hacerlo descansar aquí, si usted lo considera necesario, no creo que mi amo se oponga, señor.

—Está bien, enseguida estaré listo.

John se quedó a mi lado, acariciándome el pescuezo.

Yo me sentía muy acalorado. Poco después salió el medico, con su látigo en la mano.

—Eso no le hará falta, señor —le hizo notar John—. Azabache seguirá hasta que no dé más… De ser posible, cuídelo, señor; no quiero que sufra ningún daño.

—¡Oh, no, John! Pierde cuidado —le contestó el médico, y en un minuto dejamos muy atrás a John. No describiré el trayecto de regreso; el médico era más pesado que John y menos buen jinete. Sin embargo, hice cuanto pude. El encargado de la barrera de peaje la tenía abierta, y cuando llegamos a la colina, el médico me sofrenó, diciendo:

—Bueno, amiguito, tómate un respiro.


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