Azabache
Azabache Me alegré de que lo hiciera, pues me sentía casi agotado, y aquel respiro me permitió seguir adelante, de modo que pronto llegamos al parque. Joe aguardaba junto al portón, y mi amo en la entrada de la residencia, ya que nos había oído llegar. No pronunció palabra, sino que entró junto con el médico, mientras Joe me conducía al establo.
Me alegré de llegar a casa, pues me temblaban las piernas, de tal modo que sólo pude quedarme inmóvil, jadeante. No tenía un pelo seco en el cuerpo, me corría el sudor por las patas, y despedía vapor por todas partes, «como una olla en el fuego» como solía decir Joe. ¡Pobre Joe!, era tan joven y pequeño, y aún sabía muy poco; y su padre, que podía haberlo ayudado, se encontraba en la aldea vecina, pero estoy seguro de que hizo cuanto pudo por mí.
Me frotó las patas y el pecho, pero no me cubrió con la manta caliente, suponiendo que, acalorado como estaba, no me iba a gustar. Luego me sirvió un balde lleno de agua, que bebí hasta la última gota, ya que estaba fría y muy sabrosa. Después me ofreció un poco de heno y de maíz, y, creyendo haber hecho bien, se marchó.