Azabache
Azabache Pronto comencé a temblar y a estremecerme, con un frío mortal; me dolían las patas, los ijares y el pecho, y sentía dolores en todo el cuerpo. ¡Ah!, mientras así temblaba, ¡cómo deseé mi manta gruesa y caliente! Ansiaba que llegara John, pero éste debía recorrer nueve kilómetros a pie, de modo que me tendí en la paja y procuré dormir. Mucho después oí a John en la puerta, y lancé gemido bajo, pues me sentía muy enfermo. En un instante acudió a mi lado y se inclinó sobre mí. Aunque yo no podía explicarle lo mal que me sentía, pareció comprenderlo todo. Después de cubrirme con dos o tres mantas tibias, corrió a la casa en busca de agua caliente. Con ella me preparó no sé qué mezcla, que bebí. Por fin creo que me dormí.
John parecía muy disgustado, pues le oí decirse una y otra vez:
—¡Qué muchacho tonto! ¡Qué muchacho tonto! No le puso manta, y seguro que el agua también estaba fría. Estos jovencitos no sirven…
Sin embargo, Joe era un buen muchacho, al fin y al cabo.
Yo estaba ya muy enfermo, con los pulmones inflamados de tal modo que respirar me causaba dolor. John me cuidó día y noche; solía levantarse dos o tres veces para ir a verme.