Azabache
Azabache —Mi pobre Azabache —me dijo un dÃa— mi buen caballo, ¡salvaste la vida de tu ama! SÃ, tú la salvaste.
Me alegré mucho de oÃrle decir esto, pues, según el médico, de haber demorado un poco más habrÃa sido demasiado tarde. John contó al amo que nunca habÃa visto correr tanto a un caballo, como si supiera que pasaba. Y yo lo sabÃa, por supuesto, aunque John creyera lo contrario. Por lo menos esto sabÃa: que John y yo debÃamos ir a toda la velocidad posible, y que era por bien del ama.
No sé cuánto tiempo estuve enfermo. El señor Bond, el veterinario, venÃa a verme todos los dÃas. Una vez me hizo una sangrÃa, mientras John sostenÃa un balde para la sangre. Después me sentà muy débil y creà morir; me parece que todos los demás creyeron lo mismo.
BravÃa y Patas Alegres fueron trasladados al otro establo, para que pudiera estar tranquilo, puesto que la fiebre aguzaba mucho mi oÃdo. Cualquier ruidito me parecÃa fuerte, y distinguÃa todos los pasos que entraban y salÃan de la casa. Yo sabÃa todo lo que pasaba. Una noche, John tuvo que darme una medicina, y Thomas Green fue a ayudarlo.