Azabache
Azabache Una vez que la tomé, John me acomodó lo mejor posible y anunció que se quedarÃa media hora, a ver cómo me sentaba la medicina. Thomas dijo que se quedarÃa con él, de modo que fueron a sentarse en un banco instalado en la casilla de Patas Alegres, donde pusieron la lámpara en el suelo para que su luz no me molestara.
Ambos permanecieron un rato en silencio, al cabo del cual Tom Green dijo en voz baja:
—John, quisiera pedirte que digas una palabra amable a Joe, que de pura congoja no puede comer ni sonreÃr. Dice que sabe que todo fue culpa suya, aunque está seguro de haberse conducido como mejor sabÃa, y que si muere Azabache, nadie volverá a dirigirle la palabra nunca más. Me parte el corazón de oÃrlo, y pensé que podrÃas decirle algo, pues no es mal muchacho.
Tras una breve pausa, John repuso con lentitud:
—No seas demasiado severo comnigo, Tom. Ya sé que no se propuso ningún mal; jamás afirmé otra cosa, pero es que yo también estoy angustiado. Ese caballo es mi orgullo, sin hablar ya de que es el favorito de los amos, y me resisto a creer que pueda morir de esta manera. Pero si te parece que he sido demasiado duro con el muchacho, procuraré hablarle mañana… es decir, si Azabache mejora.
—¡Gracias, John, gracias! Yo sabÃa que no quisiste ser tan duro, y me alegro de que veas que fue sólo ignorancia.