Azabache
Azabache —Vaya, ¿qué te ocurre, Joe? Pareces furioso.
—Lo estoy, y con motivo —admitió el jovencito, que luego pasó a contar lo sucedido.
Joe solÃa ser tan silencioso y tÃmido, que extrañaba verlo alterado.
—¡Muy bien, Joe! Hiciste lo que debÃas muchacho, lleven o no ante la justicia a ese individuo. Muchos habrÃan seguido de largo diciendo que no les correspondÃa intervenir. Por mi parte, sostengo que donde se vea crueldad y opresión, a todos nos corresponde intervenir. Hiciste bien, hijo mÃo.
Ya tranquilizado, Joe se enorgulleció de que John aprobara su conducta, y me limpió las patas y fregó con mano más firme que de costumbre.
VolvÃan a casa a cenar, cuando el lacayo entró en el establo para anunciar que Joe debÃa ir directamente a la habitación privada del amo; que un hombre habÃa sido detenido por maltratar caballos, y que hacÃa falta una declaración de Joe. Éste enrojeció hasta la frente, y con un resplandor en la mirada, aseguró:
—La tendrán…
—Arréglate un poco —le indicó John.
Joe se enderezó la corbata, se acomodó la chaqueta, y en un instante partió. Como nuestro amo era uno de los jueces del condado, solÃan llevarle casos para que los zanjara, o para que determinara qué hacer.