Azabache

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Joe me hizo volver la cabeza y partimos al instante a galope tendido hacia la casa del ladrillero. No sé si John habría aprobado nuestra velocidad, pero Joe y yo llevábamos igual propósito, y tan furiosos estábamos, que no habríamos podido ir más despacio.

La casa se encontraba junto al camino. Joe llamó a la puerta, gritando:

—¡Hola! ¿Está en casa el señor Clay?

Poco después salía el mismo señor Clay, quien exclamó:

—¡Hola, jovencito! Parece tener prisa; ¿hay algún pedido de su patrón esta mañana?

—No, señor Clay, es que en su ladrillal un sujeto está matando dos caballos a azotes. Le dije que se detuviera, pero no quiso. Le ofrecí ayuda para alivianar la carreta, y se negó de modo que vine a decírselo. Le ruego que vaya, señor —insistió Joe, con voz temblorosa por la emoción.

—Gracias, hijo mío —repuso el ladrillero, que corrió en busca de su sombrero antes de detenerse un momento—. ¿Prestarías declaración sobre lo que viste si hago citar a ese sujeto por un juez?

—Lo haría, y con mucho gusto —aseveró Joe.

El hombre se alejó, mientras nosotros partíamos hacia casa al trote vivo.

Cuando el muchacho saltó de la montura, John le preguntó.


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