Azabache

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Entregado el mensaje, regresábamos tranquilamente hasta que llegamos al horno de ladrillos. Allí vimos una carreta bien cargada de ladrillos, con las ruedas atascadas en el barro reseco de unos profundos surcos, y el conductor vociferaba y azotaba despiadadamente a sus dos caballos. Ante tan triste espectáculo, Joe se detuvo. Los dos caballos tiraban y forcejeaban con todas sus fuerzas para sacar de allí la carreta, pero sin poder moverla; el sudor les corría a raudales por patas y flancos, los costados les palpitaban, y tenían todos los músculos en tensión, en tanto que el hombre, sin dejar de tironear por la cabeza al caballo delantero, maldecía y los azotaba con suma brutalidad.

—Deténgase —le pidió Joe— no siga castigando así a los caballos, las ruedas atascadas no les permiten mover la carreta.

Sin prestarle oídos, aquel sujeto continuó castigándolos.

—¡Pare!, le ruego que pare —insistió Joe—. Yo le ayudaré a alivianar la carreta, pues ahora no pueden moverla.

—Pilluelo insolente, ocúpate de tus asuntos, que yo me ocuparé de los míos —gruñó el hombre, encolerizado y ebrio, mientras reanudaba sus latigazos.


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