Antonio y Cleopatra
Antonio y Cleopatra un alma tan digna, mas los dioses nos dais
defectos para hacernos hombres. César se conmueve.
MECENAS
Teniendo delante un ancho espejo,
ha de mirarse en él.
CÉSAR
¡Ah, Antonio! Te he llevado a esto, mas el cuerpo
doliente hay que sajarlo. Por fuerza
tenía que mostrarte mi hundimiento
o ver el tuyo. El ancho mundo no podía
albergarnos a los dos. Mas déjame llorarte,
con lágrimas tan vivas cual la sangre
de nuestro corazón, a ti, mi hermano y asociado
en las más altas empresas y el imperio,
amigo y compañero en la vanguardia,
brazo de mi cuerpo, y corazón en el que el mío
encendía sus pensamientos; y lamentar
que nuestros astros adversos hayan dividido
así nuestra igualdad. Amigos, escuchadme…
Entra un EGIPCIO.
Os lo diré en momento más propicio.
El aspecto de este hombre es apremiante;
oigamos lo que cuenta.— ¿De dónde eres?
EGIPCIO
Soy un pobre egipcio. La reina mi señora,
desde lo único que tiene, el mausoleo,