El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia dormir estando en vela y pillar la ictericia
de puro mal humor? Atiéndeme, Antonio,
que te aprecio, y es mi afecto el que te habla:
hay hombres cuya cara se espesa
y recubre como el agua estancada,
y que guardan un silencio incorregible
con el fin de revestirse de una fama
de prudencia, gravedad y hondo pensamiento,
cual si fueran a decir: «Soy Don Oráculo,
y no se oiga una mosca cuando hable».
Querido Antonio, sé que a algunos de ellos
los reputan de sabios porque callan,
y seguro que si hablaran, se atraerÃan
los insultos de sus semejantes, que por ello
irÃan al fuego eterno. Seguiré en otra ocasión.
No quieras pescar el pececillo de la fama
con un cebo melancólico.— Vamos, Lorenzo.—
Queda con Dios. Después de cenar
acabaré el sermón.
LORENZO
Os veremos a la hora de la cena.—
Yo debo de ser uno de esos sabios mudos,
que Graciano no me deja hablar.
GRACIANO
Pues como sigas conmigo otros dos años
no conocerás el sonido de tu voz.
ANTONIO