El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia Primero está el príncipe napolitano.
PORCIA
Ese está hecho un potro: no hace más que hablar de su caballo y añade a sus prendas el saber herrarlo él solo. Sospecho que su señora madre se entendía con un herrador[10].
NERISA
Después, el conde Palatino[11].
PORCIA
Siempre poniendo mala cara, como diciendo: «Si no gusto, a tu gusto». Si oye alguna gracia, no se ríe. Me temo que de viejo será un filósofo llorón[12], ya que de joven es tan hosco y sombrío. Prefiero ser la esposa de una calavera con un hueso en la boca que la de uno de estos. ¡Dios me guarde de los dos!
NERISA
¿Y qué me decís del caballero francés, Monsieur Le Bon?
PORCIA
Puesto que Dios le creó, tengámosle por hombre. Ya sé que está feo burlarse, ¡pero es que él…! Su caballo es mejor que el del napolitano y pone mejor mala cara que el conde Palatino. Es todos y ninguno. Al canto del tordo se pone a bailar. Se pelea con su sombra. Casarme con él sería como casarme con veinte. Y no me importaría que me despreciase, pues si me amara con delirio no podría corresponderle.