El Rey Lear
El Rey Lear REGAN.—¡Ea! Ponedle en la puerta y que olfatee su camino de aquà a Douvres. ¿Qué tal, monseñor, cómo os encontráis?
EL DUQUE DE CORNUALLES.—He recibido una herida profunda. Venid, señora, sacad de ahà a ese traidor ciego. Cubran de estiércol el cadáver de ese esclavo. Regan, estoy desangrándome; no podÃa ser menos oportuna esta herida; dadme vuestro brazo.
Sale apoyándose en el brazo de REGAN, los criados sacan a GLOUCESTER fuera del castillo.
PRIMER CRIADO.—Si ese hombre ha de prosperar, desde hoy me abandono, sin remordimiento, a toda suerte de crÃmenes.
SEGUNDO CRIADO.—Si esa mujer alcanza larga vida y no encuentra la muerte sino al término de apacible vejez, todas las mujeres van a convertirse en monstruos.
PRIMER CRIADO.—Sigamos al conde y proporcionémosle algún pobre mendigo que le conduzca a donde quiera ir; su desesperación conmueve a las piedras.
SEGUNDO CRIADO.—Ve, tú. Yo veré si encuentro algunas hilas y clara de huevo para aplicarlas en su ensangrentado rostro. ¡Oh cielos! Dignaos socorrerle.
Salen cada cual por distinto lado.